Murió el Indio Solari, queda la tribu

Hay noticias que golpean más allá de la música. Noticias que atraviesan generaciones, amistades y memorias compartidas. Este 5 de junio murió Carlos “Indio” Solari y con él se va una de las voces más influyentes, incómodas y trascendentes de la cultura popular argentina.

Decir que fue el cantante de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota es apenas una referencia. El Indio fue parte de una construcción colectiva que desbordó los límites de la industria cultural. Mientras otros buscaban el centro de la escena, Los Redondos eligieron la autogestión, la independencia y la construcción de una comunidad que se reconocía en las canciones, en las plazas, en los recitales y en las calles.

Desde los márgenes construyeron uno de los fenómenos culturales más importantes de la historia argentina. Sin grandes corporaciones detrás, sin responder a las reglas del mercado, generaron un lenguaje propio que miles hicieron suyo. En sus letras convivieron la poesía, la denuncia, la ironía y la mirada crítica sobre el poder, los medios, la exclusión y las contradicciones de una sociedad cada vez más desigual.

Para quienes hacemos comunicación comunitaria y alternativa, la historia del Indio y de Los Redondos también habla de otra manera de producir cultura. De la posibilidad de crear por fuera de las lógicas comerciales, de sostener la independencia como bandera y de confiar en los vínculos que se construyen desde abajo.

Sus canciones acompañaron luchas, encuentros, viajes interminables, noches de radio, festivales autogestionados y sueños colectivos. Fueron banda sonora de quienes encontraron en el rock una forma de resistencia, de identidad y de refugio.

Hoy las redes se llenan de despedidas. Pero quizás la mejor manera de recordarlo sea volver a escuchar esas canciones que todavía interpelan, que todavía incomodan, que todavía preguntan.

Porque si algo dejó el Indio es la certeza de que la cultura popular no pertenece a las corporaciones ni a los algoritmos. Pertenece a la gente que la hace circular, que la comparte, que la canta y que la mantiene viva.

Se fue el Indio. Quedan las canciones.

Y mientras haya alguien cantando en una esquina, en una radio o en una plaza, el fuego seguirá encendido.

Hasta siempre, Indio.