Iggy Pop volvió a sacudir Buenos Aires el viernes por la noche, y lo hizo con esa mezcla de furia, mito y entrega que lo define desde hace décadas. El Movistar Arena estaba lleno: el aire estaba cargado de expectativas, nostalgia y ganas de desbordar.
El show arrancó con “TV. Eye”, una apertura brutal, salvaje, sin concesiones, como para dejar claro que no se venía a hacer un paseo. La banda, Los Tropicanos, lo acompaña con energía y oficio: guitarras filosas, batería potente, sección de vientos que aporta una capa inesperada de textura. Iggy, a los 78 años, recorre el escenario como si cada nota, cada palabra fuera un desafío. Se ríe, se grita, se contorsiona, se mueve entre los focos y la masa del público, mezclando fuerza, desgaste y agradecimiento.
El repertorio fue un repaso generoso de su historia: clásicos de The Stooges (“I Wanna Be Your Dog”, “Raw Power”, “Search and Destroy”) alternados con temas de su carrera solista, nuevos sonidos, distorsiones, momentos de calma relativa (“Some Weird Sin”) y explosiones colectivas. Momentos memorables: cuando Iggy baja a la valla, se acerca al público; cuando aparece con la camiseta argentina y la comparte; cuando invita a Gaspar Benegas al escenario para “Louie Louie”. Esos gestos, además de los grandes himnos, fueron los que hicieron que el show trascendiera lo meramente musical.
Del sonido crudo, de la voz marcada por los años, pero también de la entrega total, quedó una sensación: la de que Iggy Pop no está recordando, está viviendo. Que ese hombre que se formó en el punk no ha abandonado la rebeldía, ni el riesgo. Fue una noche para sentir el rock como catarsis, como ritual, como abrazo colectivo.

















